Buceo en la obra de Ricardo Mariño

Dos espacios dedicados a la literatura infantil, el Taller Tutú Marambá y Edelij, se sumergieron en los libros de Ricardo Mariño. La resultante fue una entrevista abierta en la que el autor habló de los elementos del absurdo en sus cuentos, de su relación con la crítica literaria y de la traspolación al lenguaje 3D de “En el último planeta”.

sábado, 23 de octubre de 2010
Buceo en la obra de Ricardo Mariño

Ricardo Mariño. “Viajá, enamorate, leé. Cada libro es un mar...”.

Por Silvia Lauriente

Acorde con su literatura desacartonada, falta de apresto y de almidón, el Taller Expresivo de Literatura Infantil Tutú Marambá, y el Espacio de Literatura Infantil y Juvenil Edelij, organizaron un encuentro entre el autor Ricardo Mariño y los mediadores de la lectura.

En la Biblioteca Pública General San Martín, la charla se propuso como un buceo en la obra del autor chivilcoyano. Conceptuales con la propuesta, las organizadoras presentaron al escritor en patas de rana, antiparras y soplando burbujas. Un modo lúdico de romper con los cánones preestablecidos para zambullirse de lleno en la lectura.

De un cofre de los que atesora el fondo del mar, fueron saliendo objetos alusivos a sus relatos. De otro, oportunamente los libros citados, editados por Alfaguara. La presencia de cada elemento sobre la “no mesa académica” construyeron la escena marina por la que nadamos casi 20.000 leguas.

El primero en aparecer fue una mandarina lustrosa, icono de Cuentos Ridículos, que daría paso a la primera pregunta.

-¿Cuál es la lógica de tu construcción en un relato absurdo para niños? Atendiendo a que apelás al non sense de lo cotidiano, al disparate. Pero distanciado de la popularizada estética absurdista de dramaturgos como Ionesco o Beckett.

-La construcción lógica que tiene un cuento absurdo es la contradicción de la realidad respecto a lo que nosotros conocemos. La coherencia externa es tan imprescindible como en cualquier texto. Porque la palabra absurdo etimológicamente quiere decir lo contrario a la razón, lo que uno considera razonable. Los chistes de gallegos por ejemplo, van más o menos en esa línea.

Yo escribí un cuento de una persona que se cae muy seguido. Se olvida que vive en el piso 10, va a comprar galletitas al quiosco y mientras va cayendo se reprocha el descuido. Piensa que los vecinos lo pueden ver. Y cuando llega al suelo se levanta como un resorte porque le da mucha vergüenza que nuevamente se haya caído desde el décimo piso.
 
O sea el elemento absurdo está ahí en que reacciona como si se tratara de un accidente menor. Como cuando uno se cae en plena calle y aunque se haya esguinzado el tobillo se para rápido para que nadie lo vea. En el absurdo suele haber un único elemento que contraviene a la razón, salvo el dato de que cayó del piso 10, todo lo demás tiene apariencia cotidiana.

Me acuerdo de un cuento de un escritor francés en el que a un tipo se le ocurre matar a la mujer, pero no sabe cómo. Entonces la esposa lo ve inquieto y le dice: “-Querido, te veo preocupado”. A lo que él le responde “-Es que te quiero matar y no sé cómo”. Ella le sugiere “-Podríamos ir al sótano y planificamos...” Así va transcurriendo la situación absurda como lo más normal del mundo.

-En Cinthia Scoch y la mandarina ridícula, la protagonista va desgajando la fruta a medida que avanza en su camino. Las semillas tienen una particularidad, vienen marcadas con la sigla M.R., que podría interpretarse como Marca Registrada. Pero no, las letras advierten que se trata de Mandarina Ridícula. Curiosamente si invertimos la M y la R nos queda R.M. (Ricardo Mariño), ¿fue un guiño autorreferencial o es una apreciación personal?

-Es pura coincidencia. Llamé al libro Cuentos Ridículos porque la palabra ridículo me parecía más juguetona. Si es por definición hubiese sido más correcto Cuentos Absurdos, pero no daba con lo infantil.

Evitando el cliché

-Cada vez la ilustración tiene más preponderancia en la obra, completándola, o resignificándola, por ejemplo. ¿Cómo te relacionás con ese proceso?

-No me meto mucho. Para los últimos libros La Revolución, y La Invasión, pedí algo más o menos específico. Pedí que se saliesen del estereotipo de Billiken, o sea del granadero típico que recién compró la ropa, del patriota rozagante. Yo quería que las ilustraciones tuvieran una apariencia de vejez, de cosa medio descolorida y esfumada. Encontré que el resultado final fue muy adecuado. Parecen como salidas del daguerrotipo.

Tengo un caso con el que siempre me peleo que es el de El Insoportable. El protagonista tiene 11 años, no le gusta el fútbol, los campamentos, la vida al aire libre, los pájaros, la carpa, no le gusta nada pero va al campamento porque le gusta una chica. Y como no le gusta el fútbol y lee, lo hicieron gordito y con anteojos.
 
Esos lugares comunes que uno trata de evitar cuando escribe. Y además lo hicieron muy bebé. Son tres versiones distintas, dos hechas acá y una en México y parece que se hubieran copiado unos con otros. Encima está en tapa y ya el lector lo asocia espontáneamente como si ese fuera el personaje. Pero en general me ha ido bien.

Una vez intentamos con un dibujante charlar sobre el libro, con Marcelo Elizalde que ilustró Historia de Flechazo y la nube, y hablábamos por teléfono de fútbol, de política, de mujeres, nunca del libro, y resultó maravilloso el trabajo que hizo. Por su talento, no por lo que yo le hubiera dicho.

-Ya que mencionaste éste, es como el más distinto al resto, da la sensación que escapa al registro Mariño. Están presentes la leyenda, el mito. ¿Qué te motivó a escribirlo?

-De lejos se parece a una leyenda, porque un indio que pinta una nube para que llueva no es muy de la cosmogonía telúrica. Me gustaba por la multiplicidad de dioses en todas las civilizaciones antiguas, que en vez de un Dios único son como ochocientos, cada uno con su particularidad, cada uno peleado con otra divinidad, me resulta muy atractivo eso, en el mundo griego o donde sea. Y acá hay dioses de los objetos que caen sobre los dedos gordos.
 
Una especificidad brutal. Pero lo he tomado paródicamente. Porque las leyendas son perfectas y yo no les agregaría ni una palabra. Está bien son siempre adaptadas, nadie las escribió, pero funcionan. No necesitan que yo les dé una mano.

-Otro que tiene un toque de leyenda, pero un toque nada más es El Héroe...

-Ah... ahí sí. Tenés razón.

-En este caso la pregunta viene por el tema de los finales. Hay en la literatura infantil una tendencia a endulzar los desenlaces, a hacer menos cruel la realidad. Vos te animaste a matar al protagonista, al mosquito Efraín que quedó en la memoria colectiva como un héroe. ¿Cómo percibís que reaccionaron los lectores?

-Bueno, por un lado quería matar al personaje. En término de ficciones la única muerte verdadera es la de alguien querido. Alguien con quien tuviste algún tipo de relación. Digamos que en el trayecto de una novela que se consigne la muerte de doscientos soldados, no es muerte porque no hay relación. Es solamente un dato. Entonces elegí al mosquito este porque el mosquito es como una especie despreciable para nosotros. Matamos millones de mosquitos sin ningún remordimiento cada verano, y por eso me gustaba jugar con esa contradicción.

Por otro lado, en relación a mitos, el cuento hace como una parábola del héroe latinoamericano casi religioso. Del Che Guevara, de Tupac Amarú. El que da la vida por una causa y se convierte en mito. Muere y se escribe “Efraín vive”. “Efraín vuelve”. Ese tipo de construcciones de la guerrilla, de la mitología de la izquierda latinoamericana.

Y en cuanto a la muerte con este libro me pasa una cosa interesante y es que cada vez que voy a una escuela lo revivieron. Siempre me dicen “lo estuvimos trabajando y lo tuvimos que resucitar”, y en todos los finales revive. Hasta me han discutido por qué moría.
 
Y yo les digo: “En mi cuento murió”. Me gustó que en una escuela lo revivieran a base de una sobredosis de insecticida, desde ese momento se vuelve inmortal, así se garantizó que nadie más lo iba a matar.

Es interesante la idea que tienen los chicos sobre el final. Tienen la preconcepción de que un final bueno es un final feliz. En general en la literatura para adultos los finales no son felices.

Pero en la infantil sí. Así que me interesó incomodarlos.

-Hablemos de la intertextualidad. En Recuerdos de Locosmos, comenzás excusando el viaje al extraño planeta a propósito de unos cuentos de Jorge Luis Borges. Esa primera alusión al escritor Borges es obvia, pero luego vendrán otras no tan explícitas, como las firmas de las poesías locósmicas a cargo de J. Ortiga y Cassette, o Truman Cogote. ¿Los incluís con la intención de que el mediador le explique a los chicos de quiénes se trata?

-No. Yo creo que al chico no le va a sonar a nada, salvo a un nombre cualquiera. Es un chiste mío que eventualmente alguien reconoce. No me preocupa que haya zonas vacías. Que alguien lea algo y para otra persona no haya nada. Es absolutamente común, ocurre en todos los órdenes de la vida, más en películas y libros. Para mí sería un problema si un resorte esencial del libro descansase sobre algo que no se entiende. A algunos le resonará a Truman Capote y para otros seguirá siendo Truman Cogote.

Antes de volver a la superficie, la despedida con Ricardo Mariño lo invitó a arrojar un mensaje en una Botella al mar (para seguir jugando con otro de sus títulos). Un pequeño papelito donde el escritor les hablase a los potenciales buzos de la posteridad. Para ellos anotó: “Viajá, enamorate, leé, sé libre. Cada libro es un mar”.
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