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El túnel del tiempo

La revolución de Lencinas, en 1905

La Ciudad de Mendoza fue el campo de batalla de la revolución que propuso Lencinas en 1905. Una sangrienta revuelta que sólo triunfó en nuestra provincia y que buscaba desterrar las elecciones poco democráticas de la época. Vientos de cambios.

domingo, 07 de febrero de 2010

Hace horas se cumplieron 105 años de la Revolución de 1905, llevada a cabo por Hipólito Yrigoyen y sus seguidores en diferentes partes del país; el objetivo de los rebeldes era que el pueblo se expresara libremente en las urnas.

Un grupo de mendocinos se hizo eco a los pedidos del “caudillo radical” y salió a pelear por ese derecho. Recordaremos, a continuación, aquel acontecimiento tal y como sucedió en nuestra provincia.

Cuando la sangre llegó al río

Desde hacía tiempo, los revolucionarios se preparaban para tomar las armas y pedir que se realizara una elección libre y con el voto del pueblo.

Eran tiempos cuando los sufragios eran “cantados” y cuando gran cantidad de personas quedaban excluidas para elegir democráticamente a nuestros gobernantes. En 1905 había asumido el presidente Manuel Quintana. En Mendoza, el gobernador era Carlos Galigniana Segura.

El país tenía una economía floreciente y las instituciones, formalmente, lucían sólidas ante la mirada de la opinión pública. Pero en contraste con todo esto, los trabajadores clamaban por sus derechos, la pobreza castigaba a las clases más bajas y los inmigrantes traían ideas nuevas, de corte socialista o anarquista, que chocaban con el modelo liberal de la Argentina de aquel tiempo.

Fue en ese momento que los trabajadores gráficos encabezaron una huelga en todo el país, lo que desembocó en un movimiento revolucionario de escala no prevista por las autoridades. En Mendoza, el cabecilla de la revolución sería José Néstor Lencinas.

La reunión top secret

En su casa, Lencinas y muchos seguidores estaban reunidos esperando una comunicación secreta desde Buenos Aires. La noticia instruyó a los revolucionarios que el golpe debía estallar en la madrugada del 4 de febrero. Sigilosamente, los militantes se instalaron en las casas cercanas al Cuartel de Policía. Otro grupo se ubicó en casas aledañas a la Plaza San Martín, cuya misión era controlar el cuartel del ejército.

Ese misma noche un grupo de militares, quienes apoyaban la revolución, recibieron la orden de rebelarse en nuestra provincia y en San Juan.

Suenan las balas

Eran las tres de la madrugada y la ciudad dormía apasible. El primer disparo de los rebeldes rompió el silencio, en el centro de la ciudad. Los estruendos hicieron que algunos curiosos salieran a las calles. Grupos de hombres armados atacaban lugares como el edificio del cuartel del ejército ubicado en 9 de Julio y Necochea -allí hoy se encuentra el Banco de la Nación-, el arsenal y el edificio de la policía, en donde se encontró alguna resistencia por parte de la policía.

Eran las 4 de la mañana y, por las calles, civiles armados recorrían la ciudad.

Se distinguían por llevar en sus cabezas una boina de color blanco y en el ojal del saco una escarapela con los colores blanco, verde y rosado. Estos ciudadanos invitaban al pueblo a que se plegaran a la lucha armada, entregándoles fusiles y municiones. Una hora después se desatarían cruces realmente violentos, incluso con tiros de cañón.

El pueblo quiere saber

A las 8, mucha gente salió a las calles desprevenida; los comercios y los bancos permanecían cerrados. Nadie sabía si la revolución había sido sofocada o ganada; el pueblo era un mar de rumores. Tampoco se conocía la suerte del gobernador de la provincia y sus ministros. Luego se conoció que el primer mandatario estaba preso en su domicilio.

Al medio día, el edificio de la Policía resistía el ataque de los revolucionarios. La artillería insurgente disparaba a la Casa de Gobierno, al edificio de la Policía y los Tribunales, en cuyas azoteas se veían agentes que contestaban el ataque. Los revolucionarios, encabezados por Lencinas, junto con miembros del partido Radical, tomaron la Casa de Gobierno.

Casi triunfante

Aunque la revolución estaba triunfando, todavía faltaba vencer la última resistencia, que era el grupo Batallón de Cazadores, al mando del teniente Pertiné, quien se había atrincherado en el cuartel.

El tiroteo era sostenido por ambas partes y la resistencia se hacía sentir por parte de los leales al gobierno.

La plaza San Martín era el campo de batalla entre las dos fuerzas. Un grupo de ocho soldados sediciosos llevó a cabo un ataque al cuartel, pero fue rechazado. La lucha duró más de una hora, hasta que Pertiné fue gravemente herido y las huestes de Lencinas tomaron el cuartel.
La última resistencia

El gobernador Galigniana fue detenido junto a sus acompañantes, y Lencinas tomó el poder proclamando que "el pueblo ha asumido el gobierno de la Provincia". Inmediatamente “el gaucho” -como le llamaban- emitió dos decretos: uno solicitando todas las reparticiones y otro llamando a las clases de conscriptos anteriores a presentarse y recibir órdenes.

El panorama de la plaza San Martín era dantesco. Cadáveres yacían extendidos por todas partes, muchos despedazados, piezas de artillería dispersas, heridos que eran socorridos por miembros de la Cruz Roja y hasta la estatua de San Martín no se salvó de la balacera que impactó en diferentes lugares del monumento.

Muchos curiosos concurrieron a la plaza y fueron muertos o heridos por detonaciones de alguna pieza de artillería que estaba abandonada y que fue disparada accidentalmente.

El fracaso de la revuelta

A pesar de que Lencinas había ganado en Mendoza, en Buenos Aires y en todo el país la sublevación había sido sofocada.

Desde San Juan y Río Cuarto marcharon tropas hacia Mendoza para someter a los revolucionarios. Entonces, al conocer estas noticias, el caudillo decidió que era imposible sostenerse y optó por retirarse para no producir un mayor derramamiento de sangre entre el pueblo.

Al mediodía del lunes 6, las tropas contrarrevolucionarias entraron en Mendoza. Lencinas, con un reducido grupo de sublevados, partió por tren hacia Chile. La revolución fracasó pero sembró una semilla de cambio que el país conocería varios años después. Carlos Campana
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