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En Luján, antes de la fama

Aquí un repaso de las andanzas y travesuras que, de adolescente y niño, Leonardo Favio craneó con sus amigos lujaninos.

En Luján, antes de la fama
Leonardo Favio, a fines de los '90, en la calle La Costa (Lamadrid). A su lado Daniel Morales, quien lo conoció mucho.

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martes, 06 de noviembre de 2012

Leonardo Favio nació en Mendoza, el 28 de mayo de 1938. Comenzó su carrera artística en su provincia natal como actor de radioteatro en la compañía teatral de su madre, la actriz y escritora Laura Favio.

Aunque en muchas biografías figura que el gran actor y director nació en Luján de Cuyo, vino al mundo en Las Catitas (Santa Rosa), donde estaban afincados sus padres: Laura Favio, cuyo verdadero nombre era Manuela Olivera, y Jury el apellido del papá.

Como dejó sentado la escritora Adriana Schettini, autora del hermoso libro, “Pasen y vean” (editorial Sudamericana), Laura, “la madre lo parió dos veces: una como Fuad Jorge Jury, y otra, como Leonardo Favio, para la vida de la fantasía, la del radioteatro”.

Todos los que tuvieron la oportunidad de visitar su estudio y oficinas de la calle Pasteur, muy cerquita del edificio de la AMIA (el que explotó por un atentado en 1994), recordarán las fotos que rodeaban su escritorio: las cinco caritas de un Favio pibito, la de Francisco; ‘Pancho’ Brondo, un tontito del pueblo de Luján de los años ‘60; y la de cinco muchachos, a orillas del río Mendoza en el dique Cipolletti, allá por los años ‘55 o ‘56, cuando nuestro hombre tenía 16 o 17 abriles.

Se ve a un Favio con tiradores y su lado, un “cuarteto” que él definía como “los vagos amigos míos”. Son ellos ‘el Negro Cacerola’, apodo que siempre ocultó a Segundo Irrazabal; Juan Bordón; Carlos Di Marco; y Raúl Florencio Di Marco. Este último es el único vivo, y el que nos iluminó sobre la infancia y la adolescencia del director de “Nazareno Cruz y el lobo”.

Ellos, y otros más que están el recuerdo, eran los seres que más amó en la vida; como lo confesó en más de un reportaje.

Raúl, hoy de 78 años, vive pasando el río; en una modesta casa del barrio Quintana, que comparte con su esposa Angélica Escobar y dos hijas (su prole se completa con seis hijos varones).

“Yo era un poco más grande que ‘el Chiquito’ Favio, en realidad mi hermano Carlos era más amigo, pero formábamos un grupito que siempre andaba junto”, cuenta.

Raúl conoció a Leonardo en la calle La Costa (hoy, Lamadrid), y se hicieron inseparables en esos pocos años que Favio vivió en Luján. Hacia 1957 ya se había ido a Buenos Aires, a encarar sus primeras armas en radio El Mundo y en el cine, como actor secundario en películas como “El ángel de España”, de Enrique Carreras y “El secuestrador”, de Leopoldo Torre Nilsson.

“Él me buscó”

Di Marco fue empleado de la desaparecida fábrica Industrias Grassi, en Las Compuertas; aunque nació más arriba, en Blanco Encalada. “Por allí me buscó ‘el Chiquito’ cuando hizo la película ‘El romance del Aniceto y la Francisca…”, cuenta Raúl; y continúa.

Yo lo conocía de la calle La Costa. Siempre salimos juntos a buscar caballos a la zona del río, aunque yo era 4 años mayor que él, que estaba más cerca en edad de mi hermano Carlos, ya fallecido”.

Con el tiempo, Raúl se mudó a la calle La Costa (la del Bajo, la de la cancha de Luján), y se fue a vivir al ranchito de Favio. “Era un terreno grande... Ahí estaban sus familiares... Ahí vivía Leonardo y su hermano, Zuhair Jury”.

La última vez que Di Marco vio al amigo fue hace algunos años, cuando Leonardo visitó la casa de otro compañero de mocedades, Miguel Najurieta.

Las andanzas

Mucho antes de que la actuación y la dirección entraran en su existencia de manera definitiva, Leonardo fue autor de bromas, algunas pesadas, y de “zonceras..., tonterías, nada digno del bronce”, como le contó a la ya citada escritora Schettini. “Él -definió Di Marco- era muy buena pierna, medio atorrante, atorrante al mango... Una vez anduvo desnudo por el pueblo. También se empilchaba y se iba a dar la vuelta al perro en la plaza (de Luján). Hasta una vez me pidió prestado un traje que yo tenía y ahí mismo, en la plaza, detrás de unos pinos grandes, hicimos el cambio de pilchas y él se fue al centro para ver a una mina...”.

A los hermanos Ingrassia, dueños de una sodería sobre calle Lamadrid, también les florece una sonrisa cuando recuerdan las “historias” del hombre que hoy todos lloran. De alguna manera el mismo protagonista confesó más de una vez: “Andaba rompiendo las pelotas por el pueblo”.

¡Santiaguito, qué recuerdo!

También es conocido el breve paso del cineasta por la Marina, cuando tenía 17 o 18. Daniel Morales, un memorioso de Luján, hoy de 82 años, recordó que un morador de la calle La Costa, Santiaguito de la Rosa, un inválido que se desplazaba en silla de ruedas y que partió hace mucho, lo ayudó a prepararse para el ingreso a la Armada. Santiago figuró un instante en el comienzo del “Romance del Aniceto...”, desplazándose en su carrito.

Y si estuvieran en actividad el bar “La Gruta Azul”, o la confitería “La Porteña”, ambas al lado del edificio municipal, se podrían extraer muchos momentos de Favio y sus compinches. En el primero jugaban al billar…tenían entre 16 o 17 años, y de la segunda, los dueños, los hermanos Juan, lo sacaban al “Chiquito” porque tenían instrucciones del abuelo y del tío de que no le permitieran la entrada. Precisamente, este último, Arturo Lerena, falleció hace muy pocas semanas. Favio lo quería mucho y lo visitaba cada vez que podía, en su casa de calle Córdoba. Él en su enfermedad no pudo ser informado que su amado pariente se le había anticipado en el camino al cielo. Miguel Títiro- mtitiro@losandes.com.ar
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