Preservación de las especies, ¿sí o no?

Un profundo debate biológico acerca del papel que juega la preservación de las especies en la conservación del medio ambiente, donde no siempre dicha preservación es el mejor camino.

Edición Impresa: domingo, 24 de marzo de 2013

Por Stuart Pimm - 2013. National Geographic Society

En la película “Parque Jurásico”, un árbol extinto hace millones de años deleita al paleobotánico. Después, un saurópodo se come sus hojas. Esta película posteriormente nos muestra cómo recrear al dinosaurio pero no cómo hacer que crezca el árbol que, por su tamaño, probablemente tendría cien o más años, ni cómo hacerlo metafóricamente de la noche a la mañana. Para mantener a un solo dinosaurio se necesitarían miles de árboles, probablemente de muchas especies, así como a sus polinizadores y, tal vez, a sus hongos simbióticos esenciales.

La “des-extinción” intenta resucitar especies únicas y carismáticas, pero millones de especies están en peligro de extinción. La “des-extinción” sólo puede ser una parte infinitesimal de la solución de una crisis que ahora atestigua cómo se extinguen especies de animales (algunas grandes pero la mayoría diminutas), plantas, hongos y microbios a una tasa que supera mil veces su ritmo natural.

“Pero esperen” -afirman los defensores de la “des-extinción”-, “queremos resucitar palomas migratorias y a la cabra montés de los Pirineos, no dinosaurios. Indudablemente, las plantas de las que estos animales dependen todavía sobreviven, por lo que no hay necesidad de resucitarlas también”.

Efectivamente, jardines botánicos de todo el mundo tienen colecciones vivas de una proporción impresionantemente grande de las plantas del mundo, algunas extintas en la naturaleza, otras prontas a estarlo. Su ausencia en la naturaleza es más fácil de solucionar que la ausencia de animales, motivo por lo que se promociona normalmente a la “des-extinción”.

Tal vez sea así, pero abundan otros problemas prácticos: una cabra montés de los Pirineos resucitada necesitará un hogar seguro, no solo su alimento de plantas. Los que intentamos reintroducir especies criadas en zoológicos que se han extinguido en la naturaleza tenemos una pregunta encabezando nuestra lista:

¿Dónde las ponemos? Los cazadores se comieron a estas cabras salvajes hasta extinguirlas. Si se reintroduce una cabra resucitada en el área donde pertenece, se convertirá en el cabrito más caro que haya sido comido. Si esto parece cínico, entonces considere la moraleja del órix árabe, que volvió a Omán gracias a un programa de reproducción en cautiverio. Su población ha caído tanto que su hogar, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, fue retirado sucintamente del registro.

Sí, el grupo de plantas que vivía hace casi un siglo cuando las palomas migratorias se extinguieron probablemente sigue estando. ¿El hábitat de las palomas está intacto? Seguramente no: los cambios en el uso del suelo desde entonces han sido demasiado extensos.

En cada caso, en ausencia de respuesta a “¿dónde los ponemos?” -y a la pregunta subsecuente de “¿qué cambió en su hábitat original que pudo haber contribuido a su extinción en primer lugar?”-, los esfuerzos para revivir especies son una pérdida colosal.

La “des-extinción” es mucho peor que una pérdida: al crear la expectativa de que la biotecnología puede reparar el daño que estamos haciendo a la biodiversidad del planeta, es extremadamente dañina por dos tipos de razones políticas.

La fantasía de recuperar especies extintas es siempre seductora. Es una fantasía que verdaderos científicos -los que usan batas blancas de laboratorio- estén utilizando máquinas extravagantes con perillas y lectores digitales para salvar al planeta de los excesos de la humanidad. En esta fantasía no hay nada de la embrollada interacción con las personas, la política y la economía que caracteriza a mi mundo.

No hay nada que involucre las realidades del mundo de destrucción del hábitat, del conflicto inherente entre el crecimiento de la población humana y la supervivencia de la vida silvestre. ¿Por qué preocuparse por las especies en peligro de extinción? Simplemente podemos guardar su ADN y devolverlos más tarde a la naturaleza.

Cuando testifico ante el Congreso sobre especies en peligro de extinción, siempre me preguntan: “¿No podemos reducir sin peligro el número de búhos moteados, conservando algunos en cautiverio como garantía?” El significado es claro: “Talemos casi todos los antiguos bosques del oeste de América del Norte porque, si no podemos salvar especies con soluciones de alta tecnología, el bosque no importa”.

O me preguntan: “¿Podemos criar en cautiverio al gorrión costero de Cabo Sable, un pequeño pájaro desconocido cuya supervivencia requiere que el agua del Parque Nacional Everglades tenga la cantidad justa y que esté en el lugar correcto en el momento correcto?” “¡Alojemos a los productores de azúcar y dañemos grandes áreas de los Everglades. ¡Toleremos un alto riesgo de extinción porque nuestros científicos estrellas con batas blancas de laboratorio pueden salvarnos!”

El segundo problema político involucra prioridades de investigación. Trabajo con gente muy pobre en África, Brasil y Madagascar. Ricos sólo en la diversidad de vida entre la que se ganan la vida, no generan dinero para mi universidad. Muchas universidades equiparan excelencia con fondos generados, no con necesidades sociales cubiertas.
 
A lo largo de mi carrera, los biólogos moleculares florecieron conforme los administradores de las universidades babeaban por sus grandes becas y costosos laboratorios. La biología de campo se vino abajo. Muchas universidades por lo demás prominentes no tienen escuelas del medio ambiente, departamentos de ecología ni profesores conservacionistas. Era muy fácil equiparar “biología” con moléculas y despojar de cátedras e instalaciones a los que trabajaban en el campo. Los esfuerzos de “des-extinción” sólo pueden perpetuar esa tendencia.

La conservación tiene que ver con los ecosistemas que las especies definen y de los que dependen. La conservación tiene que ver con encontrar futuros alternativos y sustentables para las personas, para los bosques y para los pantanos.
 
La artimaña molecular simplemente no hace frente a estos problemas medulares. En el peor de los casos, seduce a las agencias que dan subvenciones y a los decanos de las universidades para que piensen que están salvando al mundo. Confiere un velo a promotores inescrupulosos para que escondan su voracidad, con promesas de arreglar las cosas más tarde. Esto nos distrae de garantizar la biodiversidad de nuestro planeta para las próximas generaciones.

Stuart Pimm es titular de la cátedra de Ecología para la Conservación Doris Duke de la Universidad de Duke. En 2006 fue galardonado con el Premio de Ciencias Ambientales Dr. A. H Heineken, entregado por la Academia Real de Artes y Ciencias de Holanda).

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