Apuntes sobre el hombre que degolló a su mujer embarazada

El jueves la Justicia de San Rafael condenó a perpetua a un hombre que degolló a su esposa embarazada de 8 meses. En el juicio se comprobó que lo hizo con el mecanismo con el que mataba chivos. A su secuaz le dieron 14 años. El caso fue en Malargüe, en 2012.

Edición Impresa: domingo, 02 de marzo de 2014
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Apuntes sobre el hombre que degolló a su mujer embarazada

La casa donde ocurrió el crimen, en 2012; arriba, Abel Lucero, condenado a prisión perpetua. (Los Andes)

Por Rolando López (rlopez@losandes.com.ar)

A las siete de la madrugada del 5 domingo de agosto de 2012, Abel Lucero, de 23 años, llegaba a su casa del paraje La Junta de Malargüe donde estaba su esposa sola. Lucero llegó acompañado de por al menos dos hombres más.

Los varones habían pasado la noche bebiendo y a Lucero se le hizo que su mujer, Maribel Marcuzzi, de 19 años y con un embarazo de ocho meses, podría darle algo de plata porque los muchachos querían seguir con la bebida y no les quedaba ni un peso.

Lucero, es un joven con pocos estudios que se dedicaba una mitad del año a la cosecha de la papa y la otra al carneo de chivos; para esto último -dicen quienes lo conocen- tenía gran habilidad.

Para llegar embriagado a su casa los fines de semana también tenía habilidad. Cuando Lucero apareció con sus amigos Juan Carlos Montoya y Damián Jaque, su esposa se levantó y le increpó una vez más por el estado en que se encontraba. El hombre le pidió a los gritos que hiciera silencio. La dueña de casa -su esposa- le pidió lo mismo.
 
La discusión subió en intensidad -todo delante de los amigos de Lucero- hasta que el hombre le dio un empujón y Maribel cayó al piso agarrándose su panza de ocho meses. Maribel se levantó y lo atacó con un hierro. Y Lucero respondió con un palo con el que le dio en la cabeza. Maribel otra vez cayó pero esta vez no se levantó: su marido le había partido el cráneo. Eran poco más de las siete de la mañana.

Para esa época del año, el frío se había instalado con la fiereza habitual en La Junta, un pequeño paraje de casas humildes distante a 30 kilómetros al este del casco céntrico de Malargüe. En abril de 2011, durante la "Fiesta departamental de la Papa", el matrimonio había adquirido la vivienda donde ocurriría la desgracia.
 
Si bien la pareja que se había casado en 2009 había tenido varias idas y vueltas, Maribel y Abel convivían con la hija de ambos, una nena de tres años que el día del crimen no estaba en la casa.

Aquella mañana de domingo, a las 10 y media (casi 4 horas después de que muriera Maribel), Lucero llamó a la ambulancia para denunciar que cuando él llegó a la casa, había encontrado a su esposa muerta. Los policías de Malargüe difícilmente olvidarán el espectáculo: una mujer muy joven y embarazada, tirada en el piso con su cuello abierto. A las pocas horas Lucero, Montoya y Jaque quedaban detenidos acusados del crimen.
 
El lunes 17 de febrero de este año, Abel Lucero ingresó esposado a la sala de debates de la Primera Cámara del Crimen de San Rafael. Lucía serio y estaba bien vestido. A su lado, Juan Carlos Montoya lo acompaña en la seriedad, por más que él se haya teñido el pelo color amarillo. Ambos  estaban acusados del homicidio de Maribel Marcuzzi; Jaque había logrado zafar.

Durante el debate que duró 11 días, los abogados de la víctima (los hermanos Lourdes y Alejandro Braggio que se hicieron cargo de la querella días antes del juicio), sacaron a colación el mecanismo con que se mata a los chivos para luego carnearlos y que es común en Malargüe: "Se tira al animal al piso, alguien le coloca el pie sobre la cabeza para inmovilizarlo y otro toma el cuchillo y le corta el cuello al chivo", contaron los letrados ante los jueces. "Lo que hizo el imputado se puede encuadrar en un mecanismo instintivo: hizo con su esposa lo que hacía con los chivos".

El relato también venía a colación porque en la necropsia aparecía la suela de un calzado en la rostro de Maribel. "Esa suela de calzado correspondía a Montoya", indicaron los peritos forenses en su momento.

Así y todo, en el debate, los dos acusados se mantuvieron en lo que habían afirmado cuando los detuvieron. Lucero aseguró todo el tiempo que llegó a su casa y su esposa estaba muerta.

Montoya, en cambio se autoincriminó desde la instrucción: "el contó que lo que había pasado fue que después de una discusión por dinero entre Maribel y Lucero, éste le había dado con un palo en la cabeza y que una vez que la chica se desmayó, su amigo le pidió que pusiera su pie sobre la cabeza de Maribel y entonces, Lucero sacó su cuchillo y la degolló", tal como contaron los abogados Braggio en el debate.
 
La actitud de Lucero en el juicio fue la de alguien inmutable. La estrategia de su defensa había sido siempre la de incriminar en el asesinato a Montoya (un joven con leves trastornos mentales), pero las pericias forenses no lo ayudaron: con los estudios se comprobó que quien propinó el palazo en la cabeza y luego cortó el cuello de Maribel era alguien diestro; y Montoya es zurdo.

En un intento para desviar la calificación hacia el estado de emoción violenta, Lucero echó a rodar la versión de que tenía muchas dudas de que la nena de su mujer fuera hija de él, acaso con la idea de dejar comprobado que Maribel le había sido infiel. Así fue que durante la investigación logró que sometieran a la menor a un ADN. Le fue mal: la nena era de él. Y la hija que Maribel no llegó a tener, también era de él.

Con todo esto, La Primera Cámara del Crimen de San Rafael compuesta por Ariel Hernández, Rodolfo Luque y Julio Bittar, condenó a perpetua a Lucero y le dio 14 años a Montoya. El fiscal, Norberto Jamsech y los abogados querellantes habían solicitado perpetua y 15 años respectivamente.

Los defensores de los acusados se jugaron sin suerte por la absolución.
El jueves pasado, los dos condenados escucharon en silencio la sentencia y volvieron, esposados, a la cárcel de San Rafael, donde viven desde hace un año y medio.

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